A lo largo de las primeras décadas tras la ocupación española, los pueblos indígenas de Antioquia sufrieron un grave declive debido al maltrato y a las enfermedades traídas por los colonizadores. La mayoría de las comunidades originarias fueron casi completamente desaparecidas. Ante esta situación, la necesidad de cultivar la tierra obligó a los españoles, acostumbrados a otros métodos, a aprender a trabajar y labrar el suelo de una manera que no conocían.
La etnia Emberá se destaca como una de las más representativas de la región. Su nombre, que significa "buen amigo" en su lengua, refleja los valores de solidaridad y cooperación que caracterizan a este pueblo.
Los Emberá han mantenido una fuerte conexión con la tierra y sus tradiciones, siendo conocidos por su economía centrada en la horticultura. Una de sus prácticas agrícolas más distintivas es el sistema de siembra conocido como la tumba y el pudre. A diferencia de la quema de tierras, el método de los Emberá consiste en permitir que lo que se ha tumbado se descomponga de manera natural, lo que enriquece la tierra para la siembra futura, respetando el ciclo de la naturaleza.