A finales del siglo XIX y principios del XX, la región antioqueña contaba con muy pocos tramos de carreteras propiamente dichas. La mayoría de las vías de comunicación eran caminos de herradura, algunos en buen estado, otros regulares y muchos prácticamente intransitables.
El transporte en Antioquia estaba marcado por grandes dificultades. Si bien ciertos tramos tenían terrenos estables y permitían el paso tanto en verano como en invierno, muchas rutas cruzaban zonas de pendientes resbalosas, lodazales y tragadales, donde el tránsito se volvía extremadamente peligroso. Estas trochas representaban un gran reto para comerciantes, viajeros y arrieros, quienes debían sortear condiciones adversas para conectar los distintos municipios del departamento.